Conseguir el permiso para rodar en la gasolinera abandonada resultará más difícil de lo que esperaba. No porque los propietarios no quieran dármelo, sino porque no consigo encontrarlos. Para llegar hasta ellos tengo que pasar por una cantidad de energúmenos de campo que sólo son dignos de vivir en un lugar que huele a mierda.
Llamé al ayuntamiento en cuestión y las mujeres que atendían me redireccionaron tres veces hasta por fin, tres horas y varios llamados más tarde, llegar a hablar con “el secretario” (así lo llamaban estas reliquias de mujeres que nos demuestran que el cerebro no es tan importante como nosotros pensamos, desde luego, ellas pueden vivir sin él), pero el secretario sólo pudo volver a redireccionarme, esta vez al Juzgado Mercantil de Barcelona, lo cuál es ridículo. Está claro que el propio ayuntamiento sabrá quienes son los propietarios, eso es lo que me dijo un policía de la zona.
Se notan las pocas ganas que el ayuntamiento tiene de ayudarme (o la poca capacidad de reacción que tienen estos proyectos de personas), pero no me molesta, porque la gasolinera está ahí, y la ventana sigue abierta, y yo prefiero hacerlo con permiso, pero lo haremos de todos modos. Hace dos años que está abandonada.


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